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 Foto: Gentileza BDFM Para Julio Viola, fundador y propietario de la bodega Del Fin del Mundo,
hay que quitarle solemnidad a todo lo que rodea el mundo del vino
Fuente: La Nación
Julio Viola, fundador y propietario de la Bodega Del Fin del Mundo, ubicada en San Patricio del Chañar, Neuquén, es el arquetipo del visionario y pionero, de esos que abundaron en la Patagonia durante la primera mitad del siglo XX pero que hoy escasean. Nacido en Uruguay, logró transformar una crisis terminal en oportunidad histórica, reconvirtiendo su negocio frutícola en una de las bodegas más importantes de la Argentina. Y todo esto en el medio del desierto patagónico, con vientos de hasta 100 km por hora. En diálogo con lanacion.com , cuenta su experiencia.
¿Cuando se fue a vivir a la Argentina en 1973, se dirigió directamente a Neuquén o estuvo antes en Buenos Aires?
En realidad las familias Viola y Peluffo se dividieron cuando vinieron los abuelos de Italia: unos se establecieron en la Argentina y otros en Uruguay. Desde esa época en adelante las familias se cruzaron. Por ejemplo, el hermano de mi padre se fue de muy niño a Cipoletti (Alto Valle del Río Negro) donde mis tíos abuelos tenían una empresa frutícola; la familia por el lado de mi padre tenía 100 años en la región. Retomando tu pregunta, cuando vine a la Argentina lo hice con el propósito de visitar a mis parientes. Me encantó a pesar de que el país estaba pasando momentos difíciles, pero me ofrecieron un trabajo y allí me quedé.
¿Empezó en el sector inmobiliario?
Empecé trabajando de cadete en una empresa productora de jugos de frutas, pero como había estudiado en un colegio inglés, los ayudaba a exportar a los EEUU. En la Patagonia había una fuerte necesidad de gente bien formada, así que no me fue complicado comenzar a desarrollarme laboralmente.
Más adelante vendí autos; luego tomé una suerte de subconcesión de Scania (camiones) para la Cordillera. En el ´82 abrí una pequeña inmobiliaria y me fue muy bien. En esa época las ciudades de la región eran chicas pero con el tiempo crecieron mucho. Compré tierras linderas a la ciudad y llevé adelante loteos, desarrollos urbanos. Algunos empezaron a imitarme, así que en el año ´95, que fue el año de la incorporación de la tecnología a la producción frutihortícola, se me ocurrió comprar un pedazo de desierto, bastante grande. Para la familia fue una operación muy riesgosa, muy importante. Cuando compramos esas 3200 hectáreas, la inversión fue tan fuerte que tuvimos que involucrar todos nuestros ahorros en la operación, incluso vendimos nuestra casa.
Si bien usted suele afirmar que no se puede iniciar un negocio antes de determinar cuáles son las necesidades del mercado, ¿se puede decir que lo suyo fue un salto de fe?
En este tipo de proyectos pasas de idiota a genio en una fracción de segundo. No hay una evolución equilibrada en este aspecto. A mí me tocó subir al trencito de la fruticultura, que comenzó muy bien, pero al poco tiempo entró en una crisis terminal. En el año ´98 el 50% de las empresas frutícolas del Valle quebraron. El tipo de cambio era desfavorable al punto que se importaban manzanas de Canadá, EEUU y Chile. Las manzanas y peras argentinas no se podían comercializar y la industria cayó. Y yo, que había construido chacras de última generación, con sistemas de riego computarizado, no conseguí un comprador; entonces nos pusimos a estudiar qué hacer. Con los datos agroecológicos realizamos un estudio y vimos que no había ningún viñedo. En el año ´99 incorporamos vid, entre otras cosas y la verdad es que fue un "boom". El vino anduvo realmente bien y nos dedicamos a plantar más vid.
¿Cómo se lleva con el viento?
El viento por un lado es un gran enemigo. Cuando en el desierto desmontás para plantar, el suelo queda suelto. Vienen ventarrones de 100 km por hora y no dejan nada de lo que plantaste. Así que para evitar el problema hubo que hacer un tubo de plástico duro de un metro de alto con un fierrito (un sobrecosto importante). Mientras tanto, mojamos el suelo y sembramos verdeo para que se fuera afirmando. También pusimos cortinas rompevientos. Sin embargo, hoy el viento es un aliado porque en estos diez años no curamos, no hubo enfermedades y la uva se hizo más resistente.
¿Cómo surgió el nombre de la bodega?
El nombre surgió a través de una frase oportuna que dijo la señora de Jean-Marie Chardonnier (bodeguero francés y presidente de Vinexpo durante varios años). Estaba conversando con ellos cuando le pregunté a la señora qué opinión le merecía el hecho de que estuviéramos produciendo vino en la Patagonia. Me contestó que estábamos haciendo vino "en la tierra del fin del mundo". Como sucede en muchos casos, los nombres están ahí, delante tuyo, pero uno no se da cuenta. Lo registré inmediatamente. Fue un enorme acierto.
¿Cuáles son los planes de la bodega para los próximos años?
Dentro de la Patagonia estamos creciendo con fuerza. En este momento estamos operando una segunda bodega y quizás lo hagamos con una tercera. Tenemos un plan de expansión importante. Creemos que hay un gran potencial de crecimiento sino no estaríamos llevando a cabo esta inversión. Por otro lado, fijate que antes el concepto Patagonia estaba disociado del vino. Hoy eso ha cambiado ya que allí se producen vinos de calidad. Actualmente nos posicionamos con vinos buenos, con vinos de alta calidad y sobre todo con buena relación calidad-precio.
Uno de los grandes aciertos de la bodega ha sido el trabajo de marketing...
Por bueno que sea el vino que produzcas, si no lo podés vender...Por eso la venta es una pata de la mesa, mejor dicho es "la" pata de la mesa. No hay venta sin comunicación y no hay comunicación sin un buen trabajo de marketing.
Pero más allá de esas consideraciones, pienso que al vino hay que bajarlo del pedestal. Algunas personas imaginan que al vino deben beberlo en un châteaux, junto a un fuego. Nosotros, los argentinos y los uruguayos tomamos vino diariamente, en el asado, en la casa, con los amigos, a la tardecita, luego del trabajo. En todos lados se toma vino. No compramos el cliché de "la noche romántica". Muchas de las cosas que comunicamos tienen que ver con eso, con disfrutar el vino sin llevarlo a ese imaginario absurdo en el que no se puede hablar cuando se está catando un vino. Al menos es así para nuestra cultura.
Fuente: La Nación - Información provista por Piano15
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